En Santa Fe de Yapacaní, cerca de 10.000 camarones llegaron a la fase de crecimiento después de que investigadores y técnicos consiguieran reproducirlos y conducir sus larvas hasta convertirlas en postlarvas capaces de vivir en agua dulce, este resultado abre una posibilidad inesperada para la acuicultura de Bolivia, la de producir camarones lejos del mar.

A simple vista, los estanques no revelaban la dimensión de lo ocurrido, por lo que había que entrar al agua, extender la red, recoger una muestra y examinar uno por uno los ejemplares que habían sobrevivido a un recorrido iniciado muchos meses antes, cuando todavía eran organismos tan pequeños que solo podían distinguirse bajo el microscopio.

La mañana del martes 29 de septiembre de 2026, el equipo del Centro de Innovación Tecnológica Acuícola de Santa Fe de Yapacaní realizó la biometría que permitiría observar el crecimiento alcanzado y confirmó la presencia de cerca de 10.000 camarones que habían completado el recorrido desde su nacimiento hasta los estanques, aunque detrás de esa cifra se escondía un logro menos visible y mucho más difícil de alcanzar, pues los camarones habían conseguido reproducirse.

Giovanni Crespo, investigador encargado del Centro de Innovación Tecnológica Acuícola de San Juan de Yapacaní, recuerda que la especie se encontraba en Bolivia desde hacía años y que ya habían existido intentos de criarla, aunque todos terminaban tropezando en la misma etapa.

“La especie ya se encontraba en Bolivia hace muchos años y se venían haciendo intentos fallidos de criarla. Principalmente, el error se daba en la fase de reproducción, que tiene un proceso que amerita un conocimiento técnico. Entonces, el mayor logro y el primero fue el éxito en la reproducción”.

La cosecha y la biometría eran la parte visible de una historia cuyo momento decisivo había sucedido antes, dentro del laboratorio, cuando los reproductores completaron un ciclo que hasta entonces no había podido establecerse de manera controlada en el país y permitió avanzar hacia el desove, la eclosión, las larvas, las postlarvas y, finalmente, los juveniles trasladados a los estanques para continuar su crecimiento.

Una idea lejos del mar

Santa Fe de Yapacaní se encuentra en el municipio de San Juan, en el norte integrado del departamento de Santa Cruz, una región de clima tropical y fuerte vocación productiva donde la agricultura, la ganadería y la piscicultura forman parte del paisaje, allí funciona el centro acuícola, con salas de reproducción, ambientes de eclosión, laboratorios de alimento vivo y estanques experimentales en los que se estudia el comportamiento de los camarones.

La iniciativa surgió cuando técnicos e investigadores comenzaron a observar una limitación de la acuicultura nacional, pues Bolivia contaba con producción de peces concentrada en pocas especies y la pregunta ya no era solamente qué más podía cultivarse, sino con qué recursos y conocimientos propios podía comenzar a diversificarse.

Marcelo Áñez Rodríguez, técnico nacional experto en acuicultura de FAO Bolivia, recuerda que esa reflexión antecedió a la elección del camarón y condujo al equipo hacia un recurso diminuto que ya existía en Bolivia.

“Estábamos muy enfocados en dos especies en todo el país, entonces una necesidad inminente era empezar a diversificarse. ¿Por qué llegamos justamente a la idea de camarones? Primero se hizo una evaluación y se dijo: bueno, ante la necesidad de diversificación, ¿con qué recursos contamos? Y llegamos a la artemia”.

La artemia, un pequeño crustáceo capaz de vivir en ambientes de elevada salinidad, comenzaba a ser estudiada por su potencial para convertirse en alimento vivo de las larvas de camarón y ofrecer una pieza esencial para construir el ciclo productivo dentro del país.

Después de una mesa técnica en la que se analizaron conceptos y viabilidad, el equipo comenzó a adecuar la infraestructura existente en predios del Gobierno Autónomo Municipal de San Juan, transformándola para albergar una sala de reproducción de camarones, otra de eclosión y un laboratorio dedicado a producir el alimento vivo que sostendría a las larvas durante sus etapas más vulnerables.

El acercamiento a lo invisible

Quien visita el centro buscando grandes camarones puede tardar en comprender que el proceso empieza en otro lugar, no en las redes ni en los estanques exteriores, sino frente a recipientes donde aparentemente solo hay agua y movimiento, hasta que una lente permite descubrir un universo en miniatura.

En ese espacio trabaja Linvania Aparicio Mendoza, técnica de campo en acuicultura experimental y cultivo de artemia de FAO Bolivia, quien antes de llegar a Yapacaní participó en acciones de repoblamiento de especies nativas dentro de la iniciativa binacional Perú-Bolivia impulsada por la ALT, trabajando con peces propios del sistema Titicaca-Desaguadero-Poopó, entre ellos el carachi amarillo (Orestias luteus) y el carachi negro (Orestias agassizii).

Su trayectoria la llevó desde la recuperación de especies nativas de los ecosistemas altoandinos hasta un laboratorio tropical donde ahora contribuye a establecer un cultivo nuevo para el país, aunque la esencia de su trabajo permanece vinculada a una misma pregunta, cómo comprender los ciclos de la vida acuática y crear las condiciones necesarias para sostenerlos.

En Yapacaní, esa pregunta comienza con la selección de ejemplares adultos, distribuidos de acuerdo con la capacidad de los estanques, habitualmente en grupos de tres hembras por cada macho, mientras que, después del apareamiento, las hembras fecundadas son trasladadas desde el agua dulce hacia ambientes salobres, donde ocurre el desove y comienza una de las partes más delicadas del proceso.

“Una vez que ya tenemos las larvas, hacemos la cría en estos ambientes controlados, donde se controla la temperatura del agua, se controla el amonio, se controla el pH y la oxigenación. También se controla la alimentación, que se les da dos veces al día, y vemos si los camarones están estresados o están tranquilos”, explica Linvania Aparicio Mendoza.

La tarea exige observar lo que sucede en una escala casi invisible, porque las larvas necesitan alimento vivo y ese alimento también debe producirse, primero mediante el cultivo de microalgas, luego con la eclosión de quistes de artemia y finalmente con el suministro de los pequeños nauplios a las larvas de camarón, formando así una cadena en la que cada organismo depende del anterior.

Las microalgas alimentan a la artemia y la artemia alimenta a las larvas, mientras estas atraviesan una transformación que las convertirá en postlarvas listas para dejar el agua salobre y pasar a los estanques de agua dulce, un proceso que bajo el microscopio parece una forma de alquimia, no porque exista algo misterioso en él, sino porque resulta difícil imaginar que organismos casi imperceptibles puedan sostener a los camarones que meses después alcanzarán un tamaño visible.

Una historia que comenzó en el Poopó

La artemia no apareció por casualidad en esta historia, pues un año antes de la biometría realizada en Yapacaní, sobre la planicie salada que alguna vez ocupó el lago Poopó, expertos nacionales y el profesor Gonzalo Gajardo, especialista internacional en genética aplicada a la acuicultura y biodiversidad, desarrollaron estudios orientados a conocer el potencial de la artemia boliviana.

La misión impulsada por la FAO en octubre de 2025 permitió recolectar quistes de este pequeño crustáceo para estudiarlo como fuente de alimento vivo de especies acuícolas no tradicionales y situar la población boliviana en el mapa científico internacional, una posibilidad productiva diferente para una región donde la sequía había golpeado una actividad pesquera que llegó a producir más de 80 toneladas de pejerrey en sus mejores momentos.

Entonces parecía una investigación separada del trabajo que se realizaría después en Santa Cruz, aunque hoy ambos paisajes quedan unidos por una misma cadena biológica, con las planicies salinas del Poopó, donde la artemia boliviana fue recolectada para su estudio, y los estanques tropicales de Yapacaní, donde miles de camarones crecen después de haber dependido del alimento vivo producido en el laboratorio.

La importancia internacional de este organismo permite comprender mejor su potencial, ya que el Gran Lago Salado de Utah, en Estados Unidos, alberga una de las mayores poblaciones de artemia y sostiene una actividad comercial dedicada a recolectar sus quistes, almacenarlos y destinarlos a criaderos de peces y camarones de numerosos países, mientras la existencia de una población boliviana abre una línea de investigación cuyos alcances podrían ir más allá de la experiencia desarrollada en Yapacaní.

El desafío estaba en reproducirlos

Mientras el laboratorio avanzaba en la producción de alimento vivo, los investigadores debían resolver la fase que había frustrado los intentos anteriores, ya que el camarón gigante de Malasia, Macrobrachium rosenbergii, vive como adulto en agua dulce, pero necesita condiciones salobres durante su etapa larvaria, lo que obliga a controlar cuidadosamente la transición entre ambos ambientes.

La hembra fecundada es llevada a la caja de eclosión, donde se produce el desove, mientras las larvas permanecen en agua salobre hasta completar su transformación y solo entonces pueden regresar al agua dulce para ser transferidas a los estanques exteriores, donde comienza el engorde.

Giovanni Crespo explica que el centro no se limitó a mantener ejemplares adultos, sino que logró establecer la infraestructura y el conocimiento necesarios para manejar las distintas etapas, con la mirada puesta en ampliar el trabajo hacia otras especies.

“Queremos que este centro se convierta en un referente de la producción de camarones en el país. Actualmente estamos trabajando con una sola especie, Macrobrachium rosenbergii, pero tenemos la capacidad y la potencialidad de poder trabajar con otras especies tropicales, tanto locales y nativas como introducidas”.

Los resultados sorprendieron al equipo durante las pruebas de crecimiento y adaptación, pues los camarones atravesaron el periodo frío y continuaron desarrollándose, lo que abrió nuevas preguntas sobre su comportamiento bajo las condiciones climáticas de la región, su posible convivencia con peces y la viabilidad de establecer sistemas de policultivo.

Aun así, la experiencia continúa siendo experimental y, aunque la biometría demuestra que el ciclo pudo completarse y que los ejemplares llegaron a la fase de crecimiento, todavía se requiere acumular información sobre rendimientos, densidades, alimentación, comportamiento sanitario y costos antes de presentar el cultivo como una alternativa comercial plenamente establecida.

El camino de los camarones bolivianos

El éxito del proyecto no se medirá únicamente por la cantidad de camarones obtenidos, sino por la capacidad de convertir la experiencia en conocimiento transferible, registrando cada ensayo, error, parámetro de agua y decisión de manejo para que los productores interesados no tengan que repetir el recorrido desde el principio.

Ese trabajo incluye protocolos de reproducción, eclosión, alimentación, transición entre agua salobre y dulce, crecimiento en estanques y manejo sanitario, además de los procedimientos administrativos necesarios para trabajar legalmente con la especie y acompañar a quienes decidan producirla.

“Tenemos herramientas que van a ser los mismos protocolos y, por supuesto, va a haber técnicos en este mismo lugar que siempre van a estar prestos a colaborar con los productores”, explica Marcelo Áñez Rodríguez. “La idea es poder contar con producto, contar con registro sanitario y contar con capacitaciones”.

El componente sanitario resulta especialmente importante porque la especie fue introducida en Bolivia y su producción necesita una ruta formal para el registro, traslado y manejo, por ello el equipo trabaja con el SENASAG en la definición de guías y procedimientos.

“Se está trabajando con el SENASAG para tener absolutamente todas las guías, todos los registros y todo el paso a paso, para que cualquier productor pueda hacer su registro y solicitar el traslado, el uso o la manipulación de esta especie”, señala Marcelo Áñez Rodríguez.

La hoja de ruta deberá responder a una condición que atraviesa toda esta historia, Bolivia no tiene litoral y, por tanto, la fase salobre necesaria para las larvas debe reproducirse dentro del laboratorio, mientras el paso posterior al agua dulce exige protocolos construidos y validados bajo las condiciones ambientales, institucionales y productivas del país.

Cuando esos documentos estén concluidos, el principal legado no será únicamente haber criado cerca de 10.000 camarones, sino haber registrado cómo se hizo, qué necesita otro productor para recorrer el mismo camino y dónde podrá encontrar acompañamiento técnico.

Lejos del mar

La historia termina donde comenzó, frente a los estanques, aunque ahora la superficie del agua guarda otro significado porque debajo están los camarones que atravesaron la selección de reproductores, el desove, la eclosión, la alimentación con artemia, la transición al agua dulce y los meses de crecimiento que condujeron hasta la biometría del 29 de septiembre.

Detrás de cada ejemplar permanece un universo que no se ve, formado por las microalgas, los quistes, las larvas observadas bajo el microscopio y el trabajo de técnicos que aprendieron a reproducir en un laboratorio las condiciones que la especie necesitaba para completar su ciclo.

La geografía no desapareció, Bolivia continúa siendo un país sin litoral y el proyecto todavía debe responder preguntas antes de llegar a una escala comercial, pero en Santa Fe de Yapacaní ya se ha demostrado algo que antes parecía improbable.

“Un país sin litoral es una realidad”, reflexiona Marcelo Áñez Rodríguez. “Eso dejó de ser un deseo. Hoy día lo hemos logrado con el uso de las habilidades técnicas, con el aporte de la FAO y con el compromiso del INIAF, que ha estado codo a codo siempre con nosotros”.

Cerca de 10.000 camarones crecieron lejos del mar, pero el verdadero resultado no cabe en una red ni puede medirse únicamente durante una biometría, porque está en el conocimiento adquirido, en las capacidades que permanecerán en el centro y en una hoja de ruta que busca demostrar a los futuros productores bolivianos que, algunas veces, la ciencia puede encontrar una salida incluso allí donde la geografía parecía haberla encerrado. 

 

CRÉDITOS

Redacción: FAO Bolivia/Raúl Pérez.

Fotografías: INIAF y FAO Bolivia/Raúl Pérez.

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