
La búsqueda de trabajo remoto (T-remoto) se ha convertido en una febril actividad, digna de mencionar, entre quienes hemos alcanzado cierta edad y creemos que la tecnología, es como la venida de la montaña hacia Mahoma.
Esa frenética actividad, una tarde de fines de marzo, me llevó a toparme con una página web prometedora que me movió el piso. ¡We´re hiring!, decía y el logotipo de la empresa contratante “wehireremotelly.com”, era similar a muchas otras que había visitado exhaustivamente otras tardes como esta.
Entré en contacto con ella y, sin sospecharlo aún, el suelo de mi vida tranquila y sosegada, comenzaría a temblar.
Al manifestar mi interés por conocer más acerca del trabajo ofertado, recibí la respuesta de un remoto tutor que me escribió, vía messenger, esta enigmática frase en inglés: “Hola Rubén, ¿déjame saber en qué puedo ayudarte?” Seductor buen comienzo, pensé, y desempolvando mi inglés, le respondí: “Estoy interesado en el trabajo remoto”. De inmediato me suministró dos tareas que tenían disponibles, en ese momento: “A.- La traducción de un texto del inglés al español y B.- la transcripción de un documento en inglés a formato PDF”.
Elegí la tarea A y al mismo tiempo que desempolvé mi inglés, le abrí la puerta a un pequeño duende que vive dentro de mí y que suele darme señales de alerta, sobre todo cuando hablo con desconocidos y por doble partida si además, los desconocidos son remotos.
Ese duendecillo de la sospecha me hizo preguntar al tutor: “¿Dónde están ubicadas sus oficinas y tienen contrato para el trabajo?” Sus oficinas estaban en LA, California, respondió, y me adjuntó una página web de la empresa. A continuación, me pidió: “Por favor, indíquenos su dirección de correo electrónico; le enviaremos el archivo del proyecto”.
Al parecer todo estaba en orden, así que guardé al duende en su habitación y esperé a que llegara el trabajo. Estaba emocionado e ilusionado, como el pez que sólo ve a la comida acercándose hacia él ondulante y con brillos iridiscentes, sin ver el filoso anzuelo que espera pacientemente escondido debajo de la carnada.
¿Qué podría estar mal?, ¿Qué podría pasar?, si el último mensaje que me enviaron decía: “Lee atentamente y elige aquí un plan de proyecto para que podamos continuar. El pago se realiza en dólares”.
En cuestión de minutos mi email, tenía un nuevo mensaje. La remota empresa establecía en 5 puntos los términos de mi trabajo, transcribo algunos: “el trabajo debería estar listo en 3 días. La tipografía debería ser Garamond a 13 puntos y 1.5 de interlineado. La respuesta del trabajo no tardaría más de 4 horas y el pago estaría en 24. We wish you the best of luck with your project! Give us the best of you”.
Poesía pura… que se convirtió en puro cuento.
Durante dos días seguidos, me dediqué en cuerpo, mente y alma a traducir las 60 páginas del documento. Pero mientras más profundizaba en la traducción, menos sentido tenía. Titulaba EL GLOBO y estaba escrito por un tal Emanuel Ezekiah. El proyecto, era un collage que comenzaba con un circunloquio sobre la cultura estadounidense, para luego derivar en la no menos abrupta aparición de personajes que divagaban sobre temas ambientados en los años 50 del siglo pasado, en un contexto religioso. La pieza, terminaba de manera intempestiva y ni los personajes, ni el tema tenían relación alguna con el título. Mi optimismo y quizá el cansancio, me llevó a imaginar que se trataba del fragmento de una novela, que otros entusiastas traductores como yo, estaríamos en remoto secreto, terminando de completar cada uno por partes.
Fiel al compromiso, envié el trabajo casi a medianoche del sábado, un día antes de lo previsto. Esa madrugada soñé que mi duende interior, me espiaba por el rabillo de la cerradura, intentando decirme algo. El fin de semana pasó suspendido por el tenso hilo de la espera.
Al caer la tarde del domingo, mientras estaba atrapado en las redes, navegando sin brújula, saltó a mi vista un nuevo mensaje. Era el remoto tutor que interrogaba: - ¿cómo va el proyecto?. - Lo pasé ayer -, le respondí satisfecho, adivinando su perplejidad y quizá asombro.
No estaba equivocado: “estamos impresionados con tu trabajo, ponte en contacto por Telegram con Patrick, el director de nuestro departamento financiero para el pago, indicando tu nombre, tu número de teléfono y el proyecto en el que has trabajado” fue la respuesta que recibí al cabo de una hora.
Así lo hice, pero cuando pensé que ya todo había terminado, recién estaba por comenzar.
Le escribí a Patrick el director de finanzas para que me deposite el monto acordado por el trabajo. Me respondió escuetamente: “páseme sus datos bancarios…” y una vez más, le abrí la puerta al duende de la sospecha y junto con él, entró mi señora que estuvo a mi lado, siguiendo el curso de estos hechos todo este tiempo. Entre los tres al unísono, comenzamos a sospechar de todo.
Por recomendación de una amiga que viaja con frecuencia a Estados Unidos, abrí una cuenta virtual en una plataforma, segura y confiable llamada Meru, cuya existencia física ella misma se había molestado en comprobar en una de sus visitas.
El tal Patrick recibió como respuesta, mi cuenta virtual y también esta vez, imaginé que recibió el mensaje con cierta perplejidad y quizá asombro. Al día siguiente, leí este mensaje en Telegram: “para proceder con el pago, hemos creado este portal que nos permite transferir fondos directamente a sus bancos locales en su propia moneda. Aquí está el link…”
Una vez más, el duende de la sospecha, mi señora y yo, comenzamos a comprobar la veracidad de la plataforma “wehireremotelly.com”, y el link credancecore.com recomendado por el tal Patrick y entre los tres comprobamos, - esta vez fuimos nosotros los perplejos y asombrados- que se trataba de un fraude digital en toda regla.
La plataforma y el portal de pago, eran falsos. Al no seguir los pasos que intentaron obligarme a seguir, me había librado de usurpación de datos, estafa de tareas, entre otros descriptos en un angustioso listado.
Ahí no acabó todo. Al cabo de unas horas el remoto tutor, tuvo el tupé de preguntar: “¿cómo te fue con el pago?” – le dije: “tengo cuenta propia y preferiría que se haga el depósito allí, pero Patrick me estaba redireccionando a otra”.
El tutor no tardó en contestar con firmeza – “sigue sus instrucciones” -. Finalicé la conversación con un contundente: ¡No way! y un sonoro revés en mi teclado.
La lección que obtuve de esta amenaza digital, me obligó a escuchar mejor a mi duende de las sospechas. De manera que liberé al duende de la habitación en la que lo tenía confinado y ahora convivimos todos bajo el mismo techo, atentos a cualquier amenaza, remota o cercana.
Mi búsqueda de un trabajo remoto (T-remoto), continúa, pero con mi duende de las sospechas más que nunca, a mi lado.

RUBÉN CHACÓN ORTIZ
Comunicador social, guionista y escritor
