
El periodista y escritor argentino-boliviano Gustavo Adrián Barco Arrieta presentó La Perrera. En un diálogo personalísimo con Ruta 1825 reflexiona sobre su oficio, la colectividad boliviana en Buenos Aires y la libertad que encontró al escribir sin ataduras. “Si yo no lo escribo, no lo va a escribir nadie”, dice sobre un libro que ya se convirtió en referencia para una nueva generación de narradores migrantes.
Ruta 1825: ¿Cómo te recibe este libro, o sea, esta nueva edición? ¿Cómo van las ventas?
Gustavo Barco, escritor: Me imagino que debe ser un problema de todos los escritores, porque yo soy relativamente nuevo en el mundo de las editoriales, en el mundo literario. No es la segunda edición, es la segunda editorial, porque la primera editorial tuvo varias ediciones. Era una editorial artesanal que se llama Ninguna Orilla, un editorial que cree mucho en el libro como objeto. Porque son libros únicos, la tapa serigrafiada a mano, los libros cosidos a mano, que fue a mí lo que me atrajo mucho, para firmar con ellos.
Después esta editorial, la nueva Compañía Naviera Ilimitada es una editorial más grande, que ya tiene su departamento de prensa, viste, ya te das cuenta de que es otra cosa. Pero más que un negocio, es más claro todo. Y bueno, ellos confiaron en el libro. Sé que el dueño de la editorial vio el libro en una feria allá en La Plata, lo leyó en dos días y al tercer día ya se comunicó con la editorial. Me sorprende mucho la recepción que está teniendo.

En el mundillo literario también fue muy bien recibido. Y después, bueno, los lectores. ¿Qué quieres que te diga? Todos los días recibo mensajes que van mucho hacia el lado de la emoción. Porque cuando se habla del paisano boliviano, el hijo de boliviano habla de su gastronomía, de la ritualidad y también ahora con La Perrera somos literatura.
Hay mucha gente que viene de la antropología, que viene de lo académico tratando de investigar cómo fue que yo escribí el libro, cómo fue que saliendo de ese lugar tan marginal pudiste llegar a escribir algo así. O sea, yo igual lo agradezco. Lo agradezco porque al final en cada uno de los cuentos comparto algunas de mis vivencias de esos barrios que son lo que mi familia y yo vivimos.
¿Los escritores, normalmente tienden a modificar su narrativa conforme a ciertas normas de la literatura, ese es tu caso?
No, no, para nada, al contrario. No, no. Yo al escribir no me mido en absoluto. Me mido cuando hago periodismo, o sea, yo soy periodista y en el periodismo vos tenés que medirte, obviamente. La literatura para mí es libertad. Una libertad que obviamente se ejerce con responsabilidad, pero cuando escribo lo hago con una responsabilidad que se parece mucho a la libertad. Olvídate que yo escribo pensando en ningún tipo de atadura.
En cada uno de los cuentos hay como un remate, como hacemos los periodistas al cerrar una nota, siempre hay un remate.
¿La Perrera es una expresión nostálgica por Bolivia?
Conozco Bolivia a través de mis padres, estoy hablando de la década de los 70 y los 80 en las que parecía estar siempre convulsionada, con golpes de estado, muertes, etc. Es lo que se veía en la televisión argentina de aquellos años. Y siempre fue una Bolivia, que no sé si a la que ellos recordaban con mucha nostalgia, pero una Bolivia que seguramente hoy ya no existe o en ciertos momentos ya dejó existir esa Bolivia a la que ellos añoraban porque obviamente pasaron un montón de cosas en el país.
¿Pero tus viejos tienen todavía tienen raíces allá?
Mi mamá falleció, pero tuve tías, obviamente, primas, mucha familia de mi mamá en Sucre, en Cochabamba, amigos, primos, primas; de parte de mi papá no tanto porque todos los hermanos se vinieron para acá.
La historia de Don Américo, que es el último capítulo del libro en donde yo entrevisto a un supuesto papá, porque mi papá no se llama Américo, sino que le cambié el nombre porque quise ser sincero con el lector de que este libro no es autobiográfico. Digamos, tiene obviamente mucho de lo que viví, lo que pasó en este lugar que yo describo, Charrúa o Barrio Piolín que es un barrio muy conocido acá de Buenos Aires, en donde los habitantes son muchos de la comunidad boliviana y de otras comunidades. Sigue siendo un lugar muy querido para toda la colectividad porque fue la primera fiesta de la Virgen de Copacabana que se hizo la Argentina y de a poco fue creciendo. Primero eran 100 vecinos y ahora vienen unas 40.000 personas. Todo ese crecimiento… Entonces, el barrio fue, es muy querido, muy conocido para toda la colectividad en la Argentina.
¿Aún vives ahí?
Mi suegra vive ahí. Voy todos los fines de semana. Tuve hace poco una entrevista con un medio ahí mismo en el barrio. Yo vivo a tres cuadras. Viví mucho tiempo en Villa Soldati. Acá en Capital.
Viví dos etapas. La primera etapa hasta los 15, 16 años y después ya de grande viví en la casa de mi mujer con mi suegra. Construimos arriba en uno de los pasillos y ahí viví mucha parte de mi vida, yo creo que como una década y en ese tiempo ya trabajaba en medios grandes. Y obviamente mi aspiración era siempre salir de ahí. Es un lugar que yo no romantizo para nada, es un lugar complicado con sus cosas buenas, cosas malas, y creo que eso se nota en el libro, y que los lectores justamente agradecen mucho eso.
En cierta forma mantuve la mirada periodística ahí, de ser lo más objetivo que pudiera, aunque es la mirada de un nene (Gusty el personaje que transcurre en todo el libro) observando todo eso, pero un nene que se va haciendo preguntas sobre la cultura boliviana, la cultura argentina y todo ese bagaje, esa mezcla con el que tiene que crecer, este niño que no llega a ser un argentino ni tampoco un boliviano y va buscando su identidad como todo hijo de migrantes.
A mí me tocó ser migrante también. Estuve viviendo tres años en Estados Unidos y llegué a comprender un montón de sentimientos de mis padres, de los padres de mis amigos.
Migrar es también dolor. Es pesar pues a nadie le gusta dejar su tierra. A mí no me gustó para nada dejar la Argentina. Yo me fui en el 92 hasta el 95 y ya era complicado. Fui jovencito, pero arrancaba la década del 90, ya se veía que no había tanto trabajo.
Cuando yo volví, eso estuvo a niveles tremendos en esa época. Era tan aguda la situación que por un trabajo veías una cola de dos cuadras o tres cuadras para un trabajo que no se requería tanto estudio ni nada. Fue una época muy complicada y una época también en la que se estigmatizó mucho al migrante. Como que el migrante llegaba acá a quitar el trabajo, que es lo mismo que me pasó cuando vivía, cuando estuve en Estados Unidos. “El latino viene a quitarle el trabajo al americano”. Son discursos políticos, cíclicos. Y que bueno, hay que vivirlos. Y a mí me tocó vivirlos, pero bueno. Gracias a todo eso pude entender muchas cosas, que viven las comunidades migrantes, en este caso acá en Argentina, particularmente la comunidad boliviana.

A lo largo del libro hay como lugares comunes. El tema del tío, las expresiones folclóricas, o sea, el boliviano que llega a Argentina normalmente añora volver. En ese sentido quiero preguntarte ¿se puede hablar de esta primera generación (hijos argentinos hijos de bolivianos) como una generación más libre?
A veces pienso que es la distancia que me tocó a mí. Tenía vecinos que todos los veranos o todos los años volvían a Bolivia. Nosotros no, o sea, mi papá tenía cinco hijos. Era muy difícil que quisiera ir con todos para Bolivia. Era caro. Nosotros estábamos en un lugar que es como sabes una especie de “favela”. Es un lugar complicado y de los más pobres. Así que esa es la distancia que tengo con Bolivia, es la distancia que en ese momento tenía, pero sí tenía la cuestión oral acerca de cómo es allá. El hecho de challar, las fiestas, el día de los muertos, los bailes, la gastronomía, toda esa riqueza que aprendí a amar, también es parte de mi cultura.
Retomemos el tema central que nos convoca. ¿Por qué vale la pena comprar el libro?
Yo diría que es un dinero mejor gastado que ir al cine, digamos. Y en el libro yo propongo eso: un viaje. Yo le propongo al lector un viaje. Yo pienso que el lector de La Perrera queda “pegado” a cada una de las historias. En todo momento me llegan mensajes de los lectores agradeciendo de toda la Argentina que se abstrajeron, que por un momento dejaron de lado un montón de cuestiones, de preconceptos sobre la cultura boliviana, sobre la comunidad boliviana y la lectura se hizo tan potente que tuvieron que llegar hasta el final y tener una transformación. Eso es lo que yo sueño con mi lector y es lo que le propongo al lector desde la primera página. Vamos a entrar en este mundo. Yo te voy a contar este mundo a través de los ojos de los nenes y vamos a ir creciendo.
Y ahí obviamente ahí lo que recibo de los lectores son esas emociones de la comunidad especialmente la de los argentinos. Esa es una barrera que es muy difícil de superar y creo que el libro lo logró. Estoy muy feliz con eso.
Justamente, cuando se habla de la colectividad boliviana se recurre también a narrativas estigmatizadoras: los bolivianos “verduleros”, “villeros”, etc. A partir de ello en Argentina se han construido relatos urbanos que marginalizan a nuestra comunidad y a otras más, ¿qué piensas al respecto?
Bueno, las historias que yo cuento no son marginales. Lo que yo esperaba mucho también era la crítica, esperé mucho tiempo a la crítica literaria para conocer qué causaba el libro en personas que saben, que están en el mundo literario y que han leído obviamente mucho más que yo. Creo que al libro le hace falta más lectura, es decir que se considere como un producto literario no como una cuestión que escribió alguien marginal o que viene de la marginalidad. Yo no considero que sea así. No concuerdo con esa mirada, pero estoy muy feliz de que la gente lectora se queda con la pluma. Se queda con la forma de contar, se queda con las historias y esa barrera se logró pasar.
¿Significa que va a haber otros libros más?
Ya estoy preparando otro libro, sí, que no tiene nada que ver con esto. El otro día en la presentación del libro me preguntaban eso y considero que no podría volver a escribir algo como esto. La Perrera fue una selección que se hizo de los cuentos, algunos que tuve que reescribir, otros que ya estaban escritos hace como 15 años y considero que le puse todo porque yo estoy íntimamente relacionado con cada uno, yo sentía una responsabilidad muy grande de publicar algo porque sé que van a mirar como el hijo de boliviano, como alguien que viene de los estratos bajos, yo hablo porque conozco porque lo viví toda mi vida.
Conozco esa mirada, y no porque esté mal que yo lo diga, pero digo, si yo no lo digo, no lo va a decir nadie. Es lo mismo que me ocurría con el libro. Si yo no lo escribo, no lo va a escribir nadie. Y lo que quiero con el libro, es que el libro sea como una obra literaria. Que hay literatura en esa zanja, en esos pasillos, en esas casas improvisadas y en todo ese bagaje de historias que traen nuestros padres de Bolivia. Y cómo pegaban éstas en la mente de un nene que está creciendo con la cultura argentina y cómo eso puede ser divertido, puede ser emocionante también. Yo sentía que tenía que ser un libro único y para mí lo es y no pienso, como te decía que no creo poder volver a escribir algo así. Por eso voy a hacer otra cosa totalmente diferente que tiene que ver con la cultura prehispánica que requiere mayor investigación periodística.
Entonces, en este en este nuevo libro quiero hacer algo un poquito más de investigación periodística, pero obviamente con un condimento de ficción.
Sí, me cuesta mucho hablar de novela porque no escribo novela, pero hacer un poquito de hincapié en que en el libro no hay cuentos que están trabajados para que funcionen como una unidad independiente. Están hilados, pero funcionan como una unidad independiente. ¿Por qué? Porque yo en algunos cuentos obviamente no sabía que iba a ser un libro, por eso yo los trataba como una pieza periodística en el formato, no con un final abierto, pero que tuviera un final, como decís vos, como los periodistas que nos gusta cerrar con el remate. Bueno, traté de mantenerlo en todos los cuentos. Pero, también está la confianza en que el lector vaya hilando ese entramado también.
En algún momento dijiste en la presentación, hay cuentos que no se incluyeron. Se me quedó picando eso. Hay otros relacionados.
Sí, sí, sí. El material crudo eran como 20 cuentos. Con el editor que hizo una selección quedaron creo que 12 y después quedó 10 y después lo que conté. El último cuento, la historia de Américo, yo no lo quería escribir y con el editor hubo una discusión porque me involucraba mucho. Por eso cambié el nombre del protagonista del último cuento. Fue una muy buena decisión.
Este libro también fue acompañado por el editor, que eso es importantísimo en la hechura del libro, algunos conceptos y me marcó en su momento sobre la necesidad de escribir el último cuento, que no sabíamos cómo iba a funcionar, no sabíamos si iba a gustar, si no nos iba a gustar. Claro, el editor había conocido algo de la cultura boliviana. Él también fue conociendo y aprendiendo a través de la lectura de los borradores. De hecho, algunas cuestiones aclaratorias me pidió incluir: "Esto yo lo entiendo, pero el lector tal vez no llegará a entenderlo. ¿Cómo hacemos para mejorarlo más para un lector general, no para un lector boliviano?” Lo cual me parece que fue acertado porque eso le da una oportunidad de lectura a cualquier persona en el mundo.

Respecto a nuestra profesión, ¿cómo la ves? ¿Hay apoyo, competencia? Ayer te vimos en Telenoche. ¿Cómo está nuestro sector aquí en Argentina?
Es que es muy difícil analizarlo, porque obviamente cada sector, la radio, la televisión, la gráfica, ahora con los streamings y todo eso, obvio que influye en la profesión. Hablando de lo que yo veo en cuanto lo que es el periodista en Argentina, la verdad que gana poco, tengo compañeros que tienen hasta cuatro trabajos, eso aunque vos no lo quieras repercute en la calidad del periodismo que se logra hacer. Imagínate con tres, cuatro laburos. Yo no sé cómo haría, ya tengo varios años en la profesión, me costó obviamente como a todos ingresar al mundo del periodismo. No fue fácil, pero sí, en ese sentido le veo una precariedad muy grande, que si esto se mantiene también me hace acordar mucho la década del 90.
Yo nunca pensé que iba a terminar donde terminé, donde estoy, que es un lugar de privilegio dentro del periodismo argentino. Privilegio, digo, por todas las herramientas que nos da el canal para poder hacer tu trabajo.
Cuando yo arranqué en el diario La Nación, con un premio que gané, aún era estudiante, era una mención de honor, para mí fue la puerta para entrar a un medio grande como La Nación. Entré en un lugar que yo sabía que nunca había visto algún hijo de paisano. En una sala de redacción yo sé que hice un camino, ojalá un día ver a algún otro hijo boliviano en los medios, pero no porque sea boliviano sino porque es excelente profesional. Yo soy del trabajo, la honestidad y de aprovechar todas las oportunidades que da la Argentina. Mal o bien, como en el cuento de Don Américo los bolivianos vinieron acá pensando en hacerse de la América soñada.
¿Entonces dirías que la escritura que tú tienes es un hobby o es una expresión profesional?
No, no, para nada. No es una expresión melancólica y no es un hobby tampoco. Creo que hice muy buenas notas en los medios en los que estuve, siempre dándole un plus. Siempre intentando que mi pluma destaque y pienso que ese periodismo me completaba la vida. En el periodismo tenés que ser objetivo, tenés que manejar datos y encontré en la literatura libertad.
Está mal que yo lo diga, pero sé que lo que escribí es muy bueno y dudo que vuelva a escribir algo así. Por eso, tengo mucho miedo del segundo libro, estoy estudiando mucho, estoy aprendiendo quechua, porque quiero ver si puedo superar lo que escribí en este primer libro.

CRÉDITOS
Redacción: Marcelo Álvarez, corresponsal en Argentina.
Fotografías: Ruta 1825. En la portada, cortesía de Gustavo Barco en el barrio Charrúa, ex Villa Piolín ex Villa 12.
