
A las siete y media de la tarde en el verano porteño, la Avenida Corrientes no es una calle, sino un río de gente ansiosa. Además de observar impacientemente cada una de las marquesinas, revisan de pies a cabeza entre sus costados a cualquiera para confirmar a actores y actrices que ingresan a pie a los teatros. La misma ansiedad contagiada la vivimos antes de la llegada de la cita programada con el actor argentino de ascendencia boliviana, Osqui Guzmán. A unos metros de nosotros Moria Casán, la number one que como muchos de sus pares había llegado a su fuente laboral en vaqueros y zapatillas. Con nuestros niveles de ansiedad en ascenso, giramos la cabeza es busca de esos rostros que en Argentina marcaron un sentir, como consecuencia de sus personalidades exacerbadas por su histrionismo.
De pronto, en el ingreso al Teatro Metropolitan, aparece Osqui Guzmán, este actor y "Personalidad Destacada de la Cultura" que parece habitar una frecuencia distinta, la continua y amable sonrisa que Buenos Aires ha aclamado de pie. Mi primera impresión, mientras nos acomodamos para la entrevista en este epicentro frenético del Metropolitan, es que Osqui no ha llegado solo, trae consigo un paisaje interno que se origina en las llanuras de los Andes bolivianos y que fluye con caudales de colores hasta el delta porteño.
Para Guzmán, la identidad no es una adscripción administrativa, sino una cartografía emocional en el fluyen arroyos de mágicos colores. Existe en él una paradoja fundacional: es el heredero de una Bolivia que reside en su gestualidad, pero no en sus documentos de identificación. Sus raíces se bifurcan entre el Potosí de su madre y el Oruro de su padre, aquel sastre que pasaba los días hilvanando los carnavales. Osqui nos confiesa, que su relación con la tierra de sus ancestros es mística: "Bolivia es un paisaje que tengo dentro parecido a una patria de la que vengo y que no conozco".
Aunque ha llevado su arte a La Paz en el marco del FITAZ, reconoce que la Bolivia real sigue siendo un territorio cercano, una memoria construida con las leyendas orales de sus padres. Esa nostalgia se ha vuelto aún más presente porque siente la necesidad de que ella respire ese "sentir tan importante", ese puente que une las marquesinas de Corrientes con la mística de Los Andes. Esos puentes son muestra de la verdadera genialidad de Guzmán. En El Bululú podemos seguir los rasgos de esa alquimia cultural. Una obra que tiene una década de presentaciones, la última en noviembre.
Recordaba a su padre en Oruro, cosiendo con precisión quirúrgica trajes de diablada con “hilos de oro”. Esa imagen se convirtió en su poética. En su mirada, existe un "puente de plata entre Potosí y Madrid", una conexión donde el oro extraído de las venas de América regresa convertido en un oro cultural.
Su formación no solo vino del Conservatorio Nacional de las Artes, sino de las grabaciones en audio de cómicos bolivianos que escuchaba de niño, donde aprendió que el humor es una herramienta de supervivencia. "Prueben muladares, diez mil moscas no pueden estar equivocadas", me dice citando un viejo chiste, y en esa risa se percibe la astucia del juglar que se sabe mezcla, que se sabe migrante en una tierra que, por su vastedad, aún permite que las identidades se entrelacen sin asfixiarse.
Sin embargo, habitar esa identidad en la esfera pública argentina a veces deja un sedimento amargo. Osqui recuerda el incidente de discriminación policial que sufrió no como un evento aislado, sino como una herida que todavía viaja en su memoria. Lo más desgarrador de aquel episodio no fue la ignorancia del uniforme, sino la llamada que recibió poco después. Su tío, un poeta de 85 años cuya voz siempre había sido un roble de entereza, lo llamó llorando. Era un llanto que Osqui nunca había escuchado; una reliquia de humillaciones pasadas que encontraba eco en el presente. "Sé lo que es eso, hijo. Lo pasé cuando llegué a este país", le dijo el anciano.
Ese dolor generacional empujó a Guzmán a interpelar a la sociedad en televisión abierta: "Entendamos que hay racismo... si no lo decimos nosotros, no lo sanamos más". Para él, el arte —una escena, un poema, una canción— es el único mecanismo capaz de transformar el trauma en sanación colectiva, transmutando la imagen del opresor en un material pedagógico.
Frente a la agresividad, Guzmán propone una estrategia táctica: la revolución de la "suavidad". Evalúa la esencia del pueblo boliviano como una reserva de humanidad que los "progresismos" modernos no han logrado "embarrar, ni oxidar".
Para Osqui, la dulzura y el respeto no son signos de timidez, sino herramientas de poder para "patear puertas". Su consejo para los jóvenes migrantes, esos "morenitos" que llegan de El Alto o de Santa Cruz, es de una claridad meridiana: "No tienen que parecerse a los porteños, no hace falta... esa suavidad gana siempre".
Hoy, esa filosofía se proyecta hacia un futuro recurrente en Waminix, un proyecto de circo teatralizado que junto a su esposa Leticia González de Lellis y el grupo Proyecto Migra recrean una distopía situada en el año 3025.

Se trata de un mundo dominado por los "cabeza de tacho", seres despojados de empatía. Frente a ellos, los waminx persisten en la práctica de lo humano. Es la conclusión lógica de su vida: la salvación reside en el vínculo. Mientras nuestra charla concluye debido a la impaciencia propia de los teatros porteños, Osqui menciona su deseo de llevar esta obra a Bolivia. En sus redes sociales anuncian su retorno para este año.
En la Avenida Corrientes su estrépito habitual, pero en el aire del Metropolitan queda flotando la impresión de que la verdadera vanguardia no es el ruido, sino esa “respetuosa educación” que Osqui Guzmán utiliza para recordarnos quiénes somos.
En las siguientes semanas Osqui Guzmán se presenta nuevamente en el Teatro Metropolitan en la obra Druk, una obra multipremiada desde su estreno en 2024.

CRÉDITOS
Redacción: Marcelo Alvarez Ascarrunz, corresponsal de Ruta1825 en Argentina.
Fotografías: Ruta 1825.
